Etapa Merzouga-Ourzazate. Historias.

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Hoy hemos abandonado la pista y a nuestra Pili para hacer el tramo por carretera con Perico y Almudena. Y que dolor de corazón…
A mí me ha costado porque ya conocía la pista y a Carmen porque no la conocía.
En mi caso además había comprado unos regalos para la familia que nos acogió durante los reconocimientos. Y me hubiese gustado volver a verles y agradecerles su hospitalidad de nuevo. Pero la realidad de la pista y más si vas en un coche de asistencia técnica es que nos llevan por el retortero, atrás, adelante, eslinga, gato…
Eso no nos permite tener mucho contacto con la población local y si queremos hacer proyectos para la gente de aquí, hay que empezar por conocer a la gente de aquí. Así que hemos dedicado toda nuestra jornada en Ourzazate a hablar con gente. Gente que nos ha ofrecido su tiempo: en el zoco, en un bar, en un taxi o en la calle.
Así que os voy a hablar de gentes y de sus historias, algunas de aquí y otra de allí.
Empiezo por una de allí. Es personal, de Carmen y mía, y de Tere, que es la única Naturadora que os falta por conocer.
Cuando acabábamos de montar nuestra empresita. Éramos tres mujeres, de menos de treinta años. Lo que se suele llamar en nuestra tierra: unes xicones. Xicones con carreras y años de experiencia, pero xicones. Es curioso porque los hombres en la misma situación son emprendedores, pero nosotras las mujeres somos nenas. (En todos los sitios cuecen habas).
En fin, apenas unos meses después de empezar a trabajar, un posible cliente (muy grande) nos pidió una propuesta para un trabajo. Nos ilusionamos, nos emocionamos, apostamos, invertimos y ganamos. Empezamos a trabajar sin contrato, confiamos (era un banco…), pasaron tres meses (sin contrato) era el momento de involucrar a proveedores (sin contrato), desconfiamos, nos pusimos serias, se ofendieron y nos plantaron.
Ellos eran grandes y nosotras pequeñas, tardamos 6 meses y muchas llamadas en conseguir una reunión con el director de la entidad. Nos ofreció una indemnizaciónpor los perjuicios y no la aceptamos, nos desahogamos. Nos preguntó que queríamos y le dijimos la verdad: trabajar. Peleamos y salimos de allí con un contrato.
Nos enfrentamos al grande y éramos pequeñas, pero ganamos. Ganamos porque recuperamos nuestra dignidad, la que sólo se gana trabajando.
Ahora os voy a contar historias de aquí.
Durante la etapa de Merzouga perdimos la pista durante un buen tramo, íbamos remolcando un Opel Astra. Era de noche, estábamos cansados y hacía mucho frío. Omar apareció de la nada con una motito en la noche y se ofreció para guiarnos. No nos pidió dinero, aunque dimos por supuesto que esperaba que a la llegada le pagásemos. Cuando nos despedimos y nos vio rebuscar monedas en los bolsillos. Nos dijo con una mirada franca: preferiría algo de abrigo, en la moto hace mucho frío.
La noche siguiente nos acercamos con Manolo y Loli al pueblo a comprar una tarjeta para el teléfono. Las tiendas estaban cerradas, no encontrábamos y un hombre se ofreció para guiarnos hasta una tienda. A la llegada le ofrecimos unos dírhams, los rechazó y nos dijo que prefería que visitásemos la tienda de su sobrino: sin compromiso, sólo mirar.
Ese mismo día Sales y Julián tuvieron un accidente con el coche y rompieron la luna trasera. Se acercaron a la carpintería para que les hiciesen una chapa a medida. Acordaron un precio, ahora no recuerdo, creo que unos 15 euros. Hizo un buen trabajo y en agradecimiento le ofrecieron unas botas que Julián ya no usaba y algunas camisetas. El carpintero de Merzouga no quiso aceptar más que 2 euros por su trabajo. Les dijo que las botas valían mucho más.
A la entrada de la kasba de Ouarzazate, un chaval de doce años se ofreció para guiarnos, nos habló de las películas que habían rodado allí, incluso nos llevó a casa de un actor local, empapelada con imágenes de las películas en las que había trabajado. Nos condujo entre las callejuelas chapurreando una mezcla de español, italiano, francés y árabe. Cuando salimos de la kasba y nos disponíamos a darle algunos dírhams. Nos dijo que en realidad prefería un euro, para su colección…
Desde allí tomamos un taxi para ir a cenar, sólo pueden llevar a tres personas y éramos cinco, así que subieron Carmen, Loli y Paul, y cómo nos parecía que tampoco estábamos tan lejos, Manolo y yo decidimos ir a pié. Al llegar al bar, el hambre apretaba, y Carmen, Loli y Paul decidieron pedirle al taxista que nos fuese a buscar. Por si no llevábamos suelto le pagaron al taxista por adelantado. Vino a buscarnos, nos pitó, le saludamos. Nos siguió, gesticulando le explicamos desde la acera que seguíamos andando. Finalmente, casi tuvo que aparcar y bajar del coche para explicarnos que nuestros amigos ya le habían pagado, así que o subíamos o nos devolvía el dinero.
Me siento cómoda aquí, me gusta la gente. Me duele ver que la gente de allí, la que es mi gente, les mira con recelo, con desconfianza. La que opina que cuando te ofrecen un servicio es porque quieren algo a cambio (como si hubiese algo malo en el trueque y como si en nuestra casa fuésemos muy altruistas).
Las historias del carpintero de Merzouga o del taxista de Ourzazate no son tan diferentes a la nuestra.
Nos une algo: el respeto por las personas vengan de donde vengan y sean grandes o pequeñas, y el respeto por el trabajo. Porque da igual que seamos guías, carpinteros, sociólogas, taxistas, biólogas, intérpretes o mecánicos. La dignidad sólo nos la da el trabajo, no las indemnizaciones ni las limosnas.

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